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Venezolanos convierten sus edificios en hipermercados verticales por la crisis

El conjunto Residencial El DanalMM, ubicado en el noroeste de la capital venezolana, lo componen dos torres con un total de 180 apartamentos. De ellos, en 123 se venden alimentos, detergentes, licores, postres, insumos médicos…

Rut Hernández, estudiante del último año de Derecho, baja cada semana desde el piso 19 hasta el 12 de su edificio para comprar el yogur griego que prepara Jasmín Castillo, una ex enfermera.

En el chat hay mensajes de todo tipo de productos. Por ejemplo, fotos de helados con diferentes sabores con ofertas de varias paletas por US$1 o US$1,5. Depende del gusto y la cremosidad.

Dar este paso no debe haber sido fácil para este grupo de la sociedad venezolana que, culturalmente, siempre ha escondido sus momentos de dificultad económica.

Desde mediados de marzo, cuando comenzó la cuarentena en Venezuela, Jasmín y otros vecinos han transformado las torres en un hipermercado vertical muy bien organizado que permite a los vecinos ganar un poco de dinero y evitar salir a la calle para no desafiar la cuarentena de Caracas, muy estricta durante meses.

La mayoría no cuenta con un gran stock de artículos, sino lo suficiente para ir vendiendo, sacar ganancia y reponer inventario. Basta un espacio en la nevera o unas cajas en algún rincón de la sala.

Quirófano por yogur

Jasmín, que trabajó en terapia intensiva del sector salud durante 13 años, comenzó su negocio de yogur durante el período de aislamiento por la pandemia en marzo. Aunque admite que las ventas no son su especialidad confiesa que la situación económica no le dejó más opción.

“En 2018 dejé mi puesto de enfermera por lo bajo que era el sueldo. Me dio tristeza, me gustaba el trabajo. Jamás pensé en ser vendedora. Lo mío es un quirófano, mis pacientes, mis cirugías. Ese era mi mundo, pero no son muchas las opciones que tenemos aquí”, dice.

“La crisis económica que estamos viviendo los venezolanos, y que se ha hecho crónica, está afectando a la clase media. Hay gente que no está viviendo, está sobreviviendo. Algunos de mis vecinos ya no pueden ni pagar la cuota mensual del condominio, mucho menos tienen para comprar comida”, sostiene.

En la comunidad existe un código de respeto y solidaridad. Cada quien vende un producto distinto y se hacen compras entre ellos mismos. Jasmín confiesa que ella lo que más adquiere son los postres.

Rut, que le compra yogur a Jasmín, vende insumos médicos. Sus artículos estrella son las mascarillas, guantes, alcohol en gel, y protectores faciales, muy solicitados ahora. Está contenta con las ventas.

Rut no sólo vende a sus vecinos, sino también por Instagram a compradores de otras partes de la ciudad.

Con apenas 22 años y sin haber culminado los estudios de abogada decidió registrar su empresa en enero. Pero fue en marzo cuando estuvo más clara sobre en qué iba a invertir su dinero.
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Fuente: Lapatilla.com 

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